Good…bye

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Good…bye

En los años 80, Cecil Philip Taylor publicó una obra teatral que se convirtió en un éxito en el Reino Unido. Fue interpretada por la “Royal Shakespeare Company”, y en ella se trataba el siempre peliagudo tema de la culpabilidad y la delgada línea que separa el bien del mal. Todo ello, contado en uno de los periodos de tiempo más oscuros de la historia de la humanidad, la Alemania Nazi. El protagonista es John Halder, un profesor de literatura francesa, contrario al régimen de Hitler, pero demasiado indeciso y cobarde como para hacer frente a los cambios que se están produciendo a su alrededor. Por casualidades del destino va subiendo posiciones en el escalafón social, y poco a poco se va convirtiendo en un sumiso miembro del partido Nacionalsocialista. Debido a ello, su sentimiento de culpa se va haciendo cada vez más grande, lo que le lleva a padecer alucinaciones musicales.

Se trata de una idea muy original. En ella, podemos observar como un hombre de ideas liberales, se va convirtiendo en lo que antes detestaba, hasta el punto de llegar a ser una persona relevante dentro del partido Nazi. Además de establecer la teoría de que hubiese buenas personas, que aún contrarias a lo que estaba sucediendo, decidieron no combatir por sus creencias, ya fuese por el miedo, las posibilidades de conseguir un mejor estatus social o ambas cosas, y seguir el camino marcado por un gobierno totalitarista.

Finalmente, esta obra de teatro, ha tenido su adaptación a la gran pantalla. Pero “Good”, no ha seguido los pasos de su predecesora en las tablas, y se ha convertido en una obra menor, más propia de una película de sobremesa que de una gran producción cinematográfica. Y es que la historia va avanzando según pasan lo minutos sin pena ni gloria. Ni siquiera los problemas familiares del protagonista o la relación, cada vez más difícil, con su amigo judío, hacen que el film levante el vuelo. Mientras tanto, van desfilando ante nosotros personajes planos y vacíos, con una progresión que no se hace palpable en ningún punto de la película, parece que tras el paso de los años, todos siguen teniendo las mismas motivaciones.

Viggo Mortensen, como un dubitativo y temeroso John Halder, firma una buena interpretación, pero desgraciadamente, Viggo no tuvo la colaboración del resto de los actores. Ni del director, el brasileño Vicente Amorin. Sé que se trataba de una difícil adaptación, sin embargo, los mimbres de los que disponía el hijo del Ministro de Asuntos Exteriores brasileño, eran de buena calidad, por lo que uno no deja de preguntarse si con un guión tan prometedor, habiendo sido un éxito en el teatro y con un actor de la talla de Viggo Mortensen, no se podía haber hilado algo mejor.

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